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Mariel no se daba cuenta de todo lo que había cambiado en tan poco tiempo, empezó a poner límites, a priorizarse, a darse espacio para autoconocerse y se sentía tan bien con ella misma que “algo tenía que pasar” Ella estaba acostumbrada que lo bueno costaba y valía esfuerzo.

Si bien sus creencias estaban muy  arraigadas ella estaba convencida que ya estaba preparada para formar una relación porque había trabajado sus relaciones anteriores. Ella estaba feliz y se le notaba en el brillo de sonrisa, en su mirada intensa, desbordaba alegría.

Y como suelen decir por ahí cuando estás muy bien ahí “conoces a alguien” y así fue. Mariel conoció a un hombre en un cumpleaños de una amiga, era el tipo de hombre que le gustaba, todo iba fluyendo hasta que ella volvió a sus pensamientos de antes, acá hay algo raro porque cuando “la limosna es grande” hasta el santo desconfía” ¿te suena?

Y con ese pensamiento volvió a viejas formas de pensar  y terminó diciendo: “tengo pareja ¿y ahora qué? Nada le permitía disfrutar. Sus redes neuronales la llevaron a recrear en su vida la relación que tenían sus padres como pareja. Ella siempre había criticado cómo se llevaban. Trabajó su historia en profundidad. Al vivirlo en carne propia podía entenderlos, aceptarlos y cambiar su historia.

Mariel se animó a transformar la manera de cambiar su realidad.

Adriana Miano

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